Cuando son las 4 p.m., en mi ventana entran los rayos del atardecer, no puedo evitar sonreír, algo me llama ahí afuera, lo necesito... me he perdido tanto tiempo que quiero salir a gritar, esa luz dorada hace que mi inspiración cobre vida, y aunque se trate de un ocaso, es quizás el recuerdo de un día bello que termina.
Eso también me sucede con empieza a llegar el invierno de mayo, me llama el deseo de tirarme al césped, llorar de felicidad cuando llueve y mojar mis mejillas sin importar nada.
Tengo tanto en mi pecho que no sé como sacarlo... cantar se asemeja mucho a esa sensación.
Es tiempo de revivir.


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